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Las tres parábolas del texto evangélico de hoy

Articulo por: Sábado 22 julio, 2017

Las tres parábolas del texto evangélico de hoy: la de la cizaña y el trigo, la del grano de mostaza y la de la levadura tienen como finalidad explicar que el Reino no llega súbitamente ni por la fuerza, sino que implica un proceso y una acogida por parte nuestra; el Reino lleva consigo una fuerza inherente, un dinamismo y un poder transformante que poco a poco va cambiando la historia humana desde dentro, según el proyecto de Dios.

La iglesia a la que escribe Mateo es una iglesia perseguida, los creyentes son asesinados por confesar su fe. Ante esta circunstancia, Mateo trata de rescatar las enseñanzas de Jesús que puedan animar a su comunidad ante la adversidad. Las parábolas anticipan que el Reino encontrará enemigos que buscan arrancar, destruir la buena semilla y hacerla morir, pero la Iglesia no puede perder la esperanza. El mundo está en las manos de Dios, y ejerza la violencia que ejerza el enemigo sobre la Iglesia, ésta debe mantenerse firme ante los problemas y adversidades en la fidelidad a Dios, que será quien arranque las malas hierbas al final de los tiempos.

Centrándonos en la parábola del trigo y la cizaña, Jesús explica que el mal está misteriosamente en el mundo y en cada uno de nosotros. No significa que tengamos que resignarnos pasivamente frente al mal como tampoco lo hizo Jesús, sino de que seamos conscientes de esta realidad y actuemos conforme actuaba Jesucristo.

Los fariseos y sacerdotes marcaban cómo era el mundo justo y santo; también nosotros somos dados a emitir juicios sobre lo que es correcto y justo, sobre quiénes son los buenos y malos y solemos actuar en consecuencia. Jesús sabía lo peligroso que es que los hombres juzguen sobre lo bueno y lo malo. La historia está llena de personas, de movimientos ideológicos, de pueblos que han pretendido deshacerse de los que no pensaban o eran “buenos” como ellos. Podemos recordar el exterminio de los judíos por los nazis, la guerra de los Balcanes, la masacre en Ruanda de los tutsis, las atrocidades cometidas en estas fechas por los carniceros herederos de Bin Laden, etc. etc.

Es cierto que la historia debe leerse con los ojos propios del momento en que tienen lugar los hechos, pero tampoco la Iglesia se ha visto libre de la intolerancia y de los fanatismos religiosos, cuando ha buscado arrancar la semilla, eliminar en nombre de Dios a los miembros de otras religiones.

El mismo Jesús, que sufrió en su propia carne las consecuencias del mal, no eligió una comunidad de santos, sino de pecadores. Jesús que explica a los discípulos esta parábola tiene como oyentes a Judas que le traicionó, a Pedro que le negó, a los dos hermanos Santiago y Juan más interesados en ocupar los primeros puestos en el Reino de Dios que en aceptar la cruz, a Tomás que dudó de su resurrección, y todos ellos le abandonarían en la noche de la Pasión.

En el ambiente en el que se mueve cada uno, encontramos el bien y el mal, dentro de cada uno de nosotros está el trigo y la cizaña, las buenas acciones juntamente con las incoherencias y los fallos. Sería necesario que todos reflexionáramos a fondo la parábola del trigo y la cizaña para que nos ayude a vencer la tentación de excluir, de rechazar o de condenar a todos aquellos que no piensan como nosotros. Nadie en el mundo es un ángel o un diablo; hay una oposición entre los dos sembradores, Jesús y el diablo. La Iglesia y el mundo son vistos como un campo mixto donde crece el trigo y la cizaña; resulta muchas veces imposible discernir el bien del mal, pues están muy mezclados, en contra de todos los inquisidores de derecha o de izquierda, de progres o retrógrados; hay una certeza de que llega un juicio final, con la división de buenos y malos, pero con la advertencia de que no adelantemos el juicio que solamente a Dios le corresponde, y tome Él en su mano la justicia.

La parábola nos invita a reflexionar seriamente y a adquirir los mismos criterios, sensibilidad de Jesucristo y a preguntarnos ante las dificultades y los problemas del color que sean, a preguntarnos: Si Cristo estuviera en mi lugar, ¿cómo actuaría?

Héctor González Martínez
Arzobispo Emérito

Durango

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