Cargar la cruz no ha sido nunca fácil

Cargar una cruz de madera de unos 20 años de edad, que ronda los 100 kilogramos no tiene nada de rutinario, hacerlo además ante la atenta mirada de tu familia, tus vecinos, tus amigos del Club y algún fotógrafo de ocasión te pone las manos y rodillas temblorosas. Con este son tres los años que […]

31/03/2018

Cargar una cruz de madera de unos 20 años de edad, que ronda los 100 kilogramos no tiene nada de rutinario, hacerlo además ante la atenta mirada de tu familia, tus vecinos, tus amigos del Club y algún fotógrafo de ocasión te pone las manos y rodillas temblorosas.

Con este son tres los años que Eduardo Meraz Aragón interpreta el papel más importante en la representación de un viacrucis viviente en Semana Santa.

Habla conmigo minutos después de que la chica que interpreta a la Virgen Maria termina el viacrucis entre gritos y con el llanto desgarrado por el hijo martirizado.

Es curioso, porque su propia madre, cuando llega a casa y ve sus hombros machacados por el peso de la cruz y en la espalda los vestigios de los latigazos siempre le pregunta si está bien.

Está vestido con un short blanco y mientras hablamos se abanica con la playera que estaba a punto de ponerse cuando lo interrumpí, ya no lleva peluca, solo la pintura roja que le embadurnaba el cuerpo durante la procesión sigue ahí.

Tiene espalda ancha y unas manos de trabajador que se sienten cuando te saluda. Puedes imaginarlo en medio del bosque, corriendo, batallando para echarse al hombro un tronco que emule el peso de la cruz que cargará el Viernes Santo frente a sus vecinos del pueblo.

No pidió ser Jesús. En el viacrucis que el Club Guadalupano ha organizado durante 60 años, la representación del hijo de Dios ha tenido apenas tres protagonistas en los pasados 40 años. El primero hizo el papel durante unos 23 años o más, ninguno de los soldados romanos que nos rodean en la entrevista lo recuerda. El segundo fue Marco Antonio Valles Mancinas, que este viernes pasó de víctima a victimario al esgrimir el látigo con el que le recuerdan al Nazareno que no es más que un impostor.

En 2016, cuando Eduardo interpretó por primera vez al hombre que muere por los pecados del mundo, lo hizo como un acto de valentía no sólo por el esfuerzo físico, sino también mental que significa arrastrar el madero por las calles de su barrio.

Lo más pesado físicamente es cargar la cruz desde la segunda estación hasta la cuarta, ya después las caídas le dan un respiro y el compartir el peso con el Cirineo le da fuerza para completar el círculo que traza el viacrucis por calles de las colonias Chapultepec y Obregón, en El Salto, Pueblo Nuevo.

Emocionalmente, la escena que más le llega es esa en la que Judas Iscariote entrega a Jesús, no es el único al que Judas le parece una figura remarcable. Durante la escenificación, mientras su único hijo le cuestiona a Dios el por qué de que lo haya abandonado la gente mira hacia el campanario de la Catedral.

Ahí, mediante un sencillo arnés, el joven que interpretó a Judas cuelga simulando el suicidio del traidor. Una mujer, con desprecio le explica a su hijo que Judas es el antiheroe de la historia bíblica y no hay empatía para con su muerte.

Eduardo espera que el próximo año el papel que él ha tenido en el viacrucis pase a otro de sus compañeros. Es cierto es muy difícil, es verdad que minutos antes de empezar te cuestionas si de verdad quieres hacerlo pero es una experiencia que él cuenta con maravillosa y digna de ser vivida.

Ha tenido suficientes momentos de reflexión desde lo alto del madero, viendo los rostros compungido de las personas que acuden a presenciar el clímax de la celebra de la Semana Santa: la crucifixión.


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